El concepto del Espacio Turístico y la Andulización Folklórica de España
Antonio Miguel Nogués Pedregal
Universitas Miguel Hernández, Elche (España)

 

Publicado en Dos Algarves,1:24-29 (1996). Revista da ESGHT-Univ. do Algarve. Faro (Portugal). (ISSN 0873-7347)


Resumen

La dicotomía lugar-escenario turístico que se plantea en estas líneas se fundamenta en una crítica al concepto tradicional y geográfico de espacio turístico. Como ejemplo etnográfico, el artículo analizará el Toro del Sherry (Toro de Osborne) a partir de la disputa que, en los meses de octubre y noviembre de 1994, se generó en todos los medios de comunicación españoles en tomo dicha figura publicitaria.

El turismo es uno de los principales mediadores en la construcción de los significados culturales en la actualidad. El poder de la imagen turístico-publicitaria y la propia seducción de los destinos turísticos juegan un papel fundamental en la percepción y en el posterior disfrute de los lugares de ocio. Esta percepción se produce tras el proceso de conversión del lugar en escenario turístico.

 Introducción

La mayoría de los estudios sobre turismo comenzaron siendo análisis desde una óptica geográfica y, aunque teóricos como Poser o Christaller establecieran unas diferencias clarificadoras entre espacios y lugares turísticos, fueron pocos los que no redujeron sus análisis e cuestiones puramente morfológicas o cuantitativas. Desafortunadamente esto conllevó una reducción de la noción de espacio turístico al área física donde se ubicaban las infraestructuras (hoteles, restaurantes, locales de entretenimientos, etc.).

Posteriormente cuando la antropología y la sociología se centraron en el estudio del fenómeno turístico la noción de espacio turístico se encontraba fuertemente influida por los condicionamientos geográficos. Así, y aun cuando Núñez al plantear su trabajo de campo no contaba con el turismo entre sus inquietudes antropológicas, pronto entendió que la llegada de turistas a un espacio físico determinado provocaba cambios que un antropólogo debía estudiar. Así el artículo de Núñez (1963) es considerado por muchos como el primer artículo de antropología de turismo, si bien no sería hasta 1977 cuando el compendio coordinado por Valene Smith inaugurase el nuevo campo.

En dicho volumen, el clásico entre los clásicos, el turismo fue tratado siempre como problema periférico que irrumpía en el territorio etnográfico del trabajo de campo y al que se le debía alguna explicación. Salvo algunos escarceos teóricos (la tipología turística de Smith, el viaje sagrado de Graburn o la secuencia evolutiva de Peck y Lapie por tan solo citar algunos) las colaboraciones al libro delatan en su tratamiento que el turismo fue considerado como mero apéndice de las respectivas monografías. Pese a ello, y si bien no marcaron las pautas metodológicas del nuevo campo de estudio, sí condicionaron los temas que debían considerarse como propios de la naciente antropología del turismo.

La antropología, sin duda influida por la caricatura de turista descrita por Boorstin (1964) y el crítico análisis de Turner y Ash (1975), pronto se alineó en defensa de la autenticidad cultural de los pueblos intentando demostrar, científicamente, los efectos perjudiciales que para las culturas autóctonas tenía el turismo. Su interés se centró principalmente en el estudio de los impactos y en los procesos de aculturación y desarrollo. Intereses estos no exentos de complicaciones cuando llegaba la hora de concluir sobre los mismos.

Surge así, si no una línea teórica, sí una filosofía que, derivada del principio metodológico que sustenta el trabajo de campo funcionalista, subrayaba los efectos negativos del turismo en zonas del Tercer Mundo. La razón de ello se deduce de la explicación que Boissevain da a la lentitud con la que los antropólogos han estudiado el turismo:

Esto tiene que ver, pienso, con el deseo de realizar trabajo de campo en comunidades rurales tradicionales alejadas de emplazamientos turísticos y, por tanto, generalmente aisladas. Y aún más, desde Malinowski los antropólogos han sido conocidos por ignorar a los dueños de plantaciones, a los misioneros, a los oficiales coloniales que actuaban en las comunidades que ellos describían. Se consideraba que interferían las costumbres tradicionales que los antropólogos estudiaban. ¿Deben ser los turistas incluidos en esta lista? (Boissevain, 1986:1).

La respuesta a ésta última pregunta parece ser si, y la lógica que la sustenta clara: si A entonces B, es decir, si interfieren entonces perjudican. Más con ánimo de plantear que de resolver, me pregunto en voz alta, podría hablarse en este caso de conflicto de competencias, de una disputa entre territorio etnográfico y territorio turístico?1.

Sea cual fuere la respuesta a las anteriores volvamos al tema que nos ocupa ahora.

Salvando la adscripción disciplinaria de los estudiosos del turismo las teorías existentes hasta el momento podrían agruparse según la concepción de espacio turístico que presentan. Por un lado están aquellas teorías que entienden que el espacio turístico es el área donde se localiza la industria turística (principalmente geógrafos) y dentro de ésta, los entretenimientos escenificados (MacCannell). Por otro lado, aquellos enfoques que entienden al espacio turístico de forma más mentalista y en base a las propiedades psicológicas que éste tiene (línea neo-durkheimiana). No obstante esta diferencia, en ambos enfoques existe una correspondencia entre espacio turístico y espacio físico, y que afecta, principalmente, a los estudios antropológicos del fenómeno.

¿Por qué de esa correspondencia y por qué influye ésta en los estudios antropológicos?

Se podría decir que el peso especifico de la geografía - en tanto que disciplina líder en el campo del turismo - determinó dicha correspondencia y, consecuentemente, el desarrollo teórico de las disciplinas sociales que se iban acercando al fenómeno. Pero para el caso de la antropología no fueron solamente estas influencias externas las que fomentaron la correspondencia. Los debates internos de la disciplina coadyuvaron a su anclaje dentro de los enfoques teóricos. Me refiero concretamente a la ecuación comunidad es igual sistema, elevada a dogma por el funcionalismo británico. Esta equivalencia, oculta en la premisa que sustenta el trabajo de campo, conllevó una desafortunada identificación entre unidad de observación y unidad de análisis, o lo que es igual para nuestros propósitos, entre espacio turístico y espacio físico.

Innumerables son las críticas que el funcionalismo ha recibido por ésta y otras muchas causas. Glosar las más relevantes desviaría el tema central de este artículo y nos llevaría a incidir en argumentos muy conocidos. Por ello, y no por eludir la cuestión, voy a centrarme en presentar el argumento teórico que sustenta el análisis antropológico del caso del Toro de Sherry.

El estudio del turismo está estrechamente relacionado con el espacio, sobre todo cuando éste – en su acepción física – es uno de los principales atractivos del fenómeno del dépaysement.

Sin embargo, y bajo una perspectiva socio-antropológica, anclar la idea de turismo en un espacio físico concreto, coarta seriamente las posibilidades de análisis del fenómeno sobre todo en estudios de carácter cualitativo. Por ello considero necesario establecer unas divisiones instrumentales en esferas.

La primera sería el denominado entorno turístico (esfera física) que se subdividiría a su vez en tres grandes subespacios físicos (en tanto que delimitados) dependiendo de la relativa presencia o no de turistas y nativos: (1) El Lugar: donde no habría turistas y que urbanísticamente se corresponde con barrios; (2) el Territorio Turístico: donde no hay nativos y morfológicamente responde a las instalaciones hoteleras y conjuntos residenciales fundamentalmente . Y (3) el Espacio Negociado: donde se puede producir la interacción: supermercados, mercados, plazas públicas, bares, locales de entretenimiento.

La segunda es el espacio turístico (esfera simbólica)  la cual, en tanto que espacio estructurado que es, podemos dividirlo básicamente en dos. Por un lado el (1) Escenario Turístico, que es donde el turista experiencia sus vivencias, y (2) el Lugar del nativo. Quedaría pues que la utilización del concepto de espacio turístico en este análisis no entiende al espacio como un contenedor de hechos socio-culturales relacionados con la industria turística sino como "la proyección en el tiempo de los ideales y mitos de la sociedad global" (Chadefaud, cit. en Callizo, 1991:186).

Desde la perspectiva que presento, los dos ejes principales del análisis antropológico son escenario turístico y lugar, éste en su acepción a-territorial. En su interacción configuran un espacio imaginario (espacio turístico) en el que se dan cita lo irreal y lo ficticio, es decir, un cúmulo de imágenes que dotan de contenido al entorno turístico y a sus dos ejes principales (territorio turístico y lugar). El espacio turístico es un espacio imaginario construido experiencialmente en distintos niveles por los actores que se localizan en el entorno turístico. Es por ello que, aunque nativos y turistas perciben el entorno como un todo, existe cierta disparidad de criterios en lo que a su configuración y percepción se refiere. Comparando los puntos de vista y las razones que los motivan, se extraen valiosos datos que contribuyen a entender los procesos socioculturales que indagamos desde la antropología.

El Toro del Sherry y la andalucización de España.

La famosa figura del Toro fue diseñada originalmente en 1954 como reclamo publicitario del brandy "Veterano" de Bodegas Osborne. Dicho anuncio publicitario pronto se extendió por todo el país a lo largo de sus carreteras. A finales de 1957 había 16 toros. Pero coincidiendo con el boom turístico de los anos 60 el número de toros aumentó hasta 500, y el de turistas pasó de algo más de 3 millones en 1957 a cerca de 18 millones diez anos más tarde.

Situado estratégicamente colinas, valles y curvas, la inconfundible silueta del Toro pronto se convirtió no solo en parte del paisaje español, sino también en todo un símbolo de España en el extranjero. Tal fue el arraigo de dicha imagen que la New York Magazine de agosto de 1972 ilustró con uno de estos Toros de Sherry la portada de un número que incluía un reportaje sobre España.

Y el paso de los años no hizo sino asentar la inequívoca silueta negra en el paisaje.

En septiembre de 1994, el Ministerio de Obras Públicas, Medio Ambiente y Turismo (MOPTMA) en aplicación de una ley de 1988 que prohibía los anuncios publicitarios cerca de las carreteras, decidió quitar el Toro. Impredeciblemente, y sin ningún tipo de acción coordinada o dirigida, muchas voces se levantaron en defensa del Toro, y un gran debate se desató a todos los niveles de la sociedad española.

La Junta de Andalucía fue casi la primera en tomar partido. En octubre la familiar figura era incluida cautelarmente en el Catálogo de Bienes Culturales de Andalucía. Los Toros, en palabras del titular de la Consejería de Cultura , «han pasado a formar parte del paisaje andaluz, por lo que requieren un tratamiento diferenciado» (Huelva Información, 14-X-94). Y en Navarra, donde la Ley de Carreteras del MOPTMA no es aplicable, el Consejero de Obras Públicas manifestó que mantendrían los toros instalados en sus carreteras.

El debate fue de tal magnitud en noviembre de 1994 el Tribunal Supremo (El País, 16-XI-94) suspendió la retirada de las carreteras de la popular efigie. El Toro sería indultado hasta que el Tribunal Supremo de Justicia decidiera si las siluetas de Toro eran anuncios publicitarios o por el contrario resultaban "expresiones artísticas de la cultura española".

El legislativo también participó y así, la Comisión de Infraestructuras del Congreso de los Diputados con los votos en contra de Izquierda Unida y el grupo catalán «aprobó una propuesta no de Ley instando al gobierno y a las administraciones públicas competentes para que mantengan, como elemento del paisaje, las figuras del toro de Osborne» (Diario 16, 16-XI-96).

La Universidad tampoco quedó al margen. En noviembre, el vicerrector de la Universidad Politécnica de Valencia solicitó a la empresa Osborne la instalación de uno de sus toros en el campus universitario ya que, por su significado artístico y cultural, dicha figura era merecedora de protección.

Pero son sin duda las colaboraciones a la prensa escrita las que nos permiten leer el texto cultural desde una perspectiva antropológica. Fueron muchos los artículos, columnas y escritos que aparecieron en periódicos tanto de ámbito local como estatal. La mayoría de los autores recurrían a la ecuación Toro igual a folklorismo, ruralismo y subdesarrollo económico y cultural:

"El Toro de Osborne podrá ser todo lo bello que ustedes quieran, pero es un símbolo del ruralismo, de la España feudal de charanga, pandereta2 y briosos jinetes salidos de la clase que alancea toros en los grandes predios de Iberia" Lanza (Ciudad Real, 29-X-94).

Otros, principalmente en las comunidades autónomas con una fuerte identidad nacional, entendían al Toro como símbolo de un nacionalismo españolista:

"El que m'ha impressionat és que aquest toro publicitari hagi merescut el reconeixement de patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España […] El fet és que, si no hi ha remei, el toro d'Osborne passa a formar part del patrimoni cultural I artístic "de los pueblos de España" (sic). I jo penso, modestament, que imposar a tots els pobles l'obligació de garnatir la permanència d'aquesta silueta és una decisió abusiva […] Sense les lletres3 la presència dels toros tindrà l'aire d'una campanya turística basada en un tòpic, i els estrangers que arribin ho interpretaran així [...] Subsbtuir l'explícit Osborne per un simbòlic Espanya em sembla un abús. I a més, com el seu nom indica, aquest toro és anglès4" Avui (Barcelona, 18-XI-94).

"La crónica falta de identidad del país ha acabado por convertir [al Toro de Osborne] nada menos que en símbolo de España […] La España Imperial5, que no distingue de ideologías, se le ha echado encima con el pretexto que la identidad nacional está amenazada y la caída del toro podría hacer peligrar hasta nuestra balanza comercial de ingresos por turismo [...] Ocurre simplemente que el nacionalismo español, como todos los nacionalismos, atiende más a los símbolos y a las idealizaciones que construye sobre su propio país que a las personas, animales y paisajes reales que lo componen. Se trata de una forma primaria de patriotismo que nos retrotrae a la tribu y, en consecuencia, exige signos, símbolos, tótems con los que identificarse" Faro de Vigo (Vigo, 15-X-94).

Aunque el argumento central más utilizado se fundamentó en el rol cultural que secularmente venía ejerciendo la cultura andaluza y que ocultaba al resto de las culturas del Estado:

"Les corridas sonen a cosa forana, typical Spanish6, com els megatoros de fusta d'Osborne, que guaiten passar els cotxes per las carreteres de la pell de brau, i que acaben de ser inclosos per la Junta d'Andalusia en el seu catàleg de béns culturals, raó per la qual rebran proteccioó jurídica, com si fossin la Mesquita o la Giralda o l'Alhambra o la pitrera de la Rocío Jurado o les llàgrimes viduais de la Pantoja en el moment de la cogida […] Correcte. Els toros formen part del paisatge andalús, físic y mental" Segre (Lérida, 30-X-96).

Los comentarios a favor quedan muy bien resumidos por un colaborador gallego, que aun mostrando en su artículo una actitud ecléctica, escribe:

"Os que queren indultar ó touro do brandi Veterano falan de que xa non é un reclamo publicitario senón un emblema nacional, algo que xa forma parte das nosas vidas" La Región (Orense, 24-X-94).

Aunque son las alusiones a un pasado glorioso las que, retrotrayendo la historia de la Piel de Toro hasta sus orígenes, esbozan discursos de corte franquista:

"Si esa figura zoomorfa, ese animal totémico de los españoles se talló de granito en al antigüedad, en manada incluso, como los "toros de Guisando", la iconografía moderna nos lo presenta en otros materiales manejables para los artistas; en metal, por ejemplo, es esa negra silueta del "toro de Osborne" que se alza majestuoso sobre los montículos al borde de las carreteras y autopistas. Es una figura imponente, símbolo de las creencias y aficiones de la raza hispana, que incluso supo transmitirla a las naciones de América7. No por otra cosa ha sido indultado del degolladero de la desaparición este toro anunciador de una buena copa" El Adelantado (Salamanca, 16-VII-95).

Analizar este fenómeno desde los presupuestos teóricos de una antropología del turismo puede resultar un tanto aventurado si, como se ha apuntado al comienzo, seguimos identificando espacio turístico con territorio turístico y, si hacemos uso de esquemas tan reconocidos como los de Cohen o MacCannell que, aun siendo válidos y básicos para ordenar el material etnográfico, resultan un insuficientes para explicar los procesos internos del cambio socio-cultural en entornos turísticos (Nogués, 1996)

Los toros junto al flamenco fueron los mitos e idealizaciones principales sobre los que se sustentó el desarrollo turístico de España durante la década de los 60 y buena parte de los 70. El indudable atractivo estético de dichas imágenes turísticas quedó acentuado por el aparato propagandístico del régimen de Franco que vio en ellas una sólida base para asentar la fuente de ingresos que permitía corregir el desequilibrio de la balanza de pagos: el turismo internacional. Tanto arraigo tuvo la imagen de Andalucía en el resto del Estado español, en el resto de las culturas del Estado, que no fue extraña la aparición de un folklorismo de corte andaluz en las más variadas expresiones culturales.

Sin ánimo de retrotraernos al análisis de las imágenes legadas por los viajeros románticos del XIX, pues quizás sea ese el inicio de lo que he dado en llamar la andalucización de España, son muchos y diversos los casos que podemos encontrar.

Un buen ejemplo es quizás la película "Bienvenido Mr. Marshall"(1952). En ésta y bajo la apariencia de un alegre folklorismo que responde a la perfección a lo que MacCannell denomina "autenticidad escenificada" (1989:91-105) se nos muestra un realismo crudo y despiadado. Como si de escenas surrealistas se tratase se nos muestra en toda su irónica crudeza la hegemónica presencia de la cultura andaluza en la imagen que se comercializaba de España. En Villar del Río, un pequeño pueblo del centro de la Península, sus habitantes se disfrazan de andaluces para recibir la ayuda norteamericana que Mr. Marshall trajo a la Europa de la post-guerra. Fiel a la historia, el tren del progreso pasó de largo, y los habitantes del pueblo castellano ataviados de un folklorismo andaluz fuertemente comercializado por la propaganda del régimen, retornan a su vida cotidiana.

Utilizando a MacCannell bien podríamos decir que Andalucía fue tratada como ese escenario (frontstage) que mantenía al resto de las culturas del Estado en la trastienda (backstage), alejadas de la insidiosa mirada del turista.

Pero tras la muerte de Franco, hubo un resurgir de las variadas culturas nacionales, una revitalización de las culturas de los distintos lugares. Paradójicamente, este renacimiento cultural también afecto a la imagen que Andalucía tenía se si misma. El estereotipo (toreros, bailaores, cantaores…) fue rechazado incluso en aquellos lugares en los que había nacido como algo kitsch. Sin embargo, el significado del mismo había sido interiorizado a través de la institucionalización de las imágenes mediadas por el espacio turístico.

 Este proceso de conversión del lugar en escenario turístico tuvo su más clara y reciente manifestación durante la negociación del significado de la figura del Toro. Como hemos visto, y aunque muchas cosas se han dicho y escrito en los medios de comunicación, los argumentos esbozados por aquellos a favor y aquellos en contra pueden resumirse básicamente en dos:

  1. El Toro debe desaparecer de las carreteras porque ya es hora de que erradicar las imágenes falsas de una España culturalmente homogénea.
  2. El Toro debe permanecer no solo porque es una obra de arte sino también porque es un símbolo de una identidad cultural española.

Mas, esta es mi hipótesis de trabajo, ambos argumentos nacen de una una misma base debido a que esa imagen folklórica y andalucizante de España había cuajado en el conjunto cultural del país como consecuencia del turismo.

La antropología necesita instrumentar algunas nociones para poder explicar estos y otros comportamientos similares. Por ello entiendo que el suelo cultural español, o mejor dicho el trasfondo cultural de un Estado multinacional llamado España, es construido, entendido y percibido mediante la aprehensión y asimilación de los significados generados por la mediación del espacio turístico. Pero esta cultura es construida por la interacción de los turistas y nativos en los espacios negociados, los cuales, mediante el proceso de conversión van convirtiendo los lugares en escenarios turísticos. Conforme avanza la conversión del lugar en escenario turístico no solo espacialmente mediante la colonización del espacio de calidad (Gaviria, 1974), sino también culturalmente, los objetos que representaban el significado de la esfera nativa bien pasan a convertirse en objetos turísticos o a ganar nuevos significados.

Al final del proceso de conversión se genera una esfera cultural en la que los nativos son conscientes de ambos significados, y son, por lo tanto capaces de reproducirlos donde y cuando sea. Serían así capaces de conformar la autenticidad escenificada de la que habla MacCannell.

Bajo esta perspectiva estos nuevos objetos, tomados del escenario turístico se convierten bien en (1) algo kitsch, lo que conlleva la total mercantilización de la cultura al desaparecer los antiguos significados, bien en (2) instrumentos culturales de revitalización cultural que imprimen mecanismos comunales de reafirmación de la identidad.

Así y tal como demuestran otros datos etnográficos, el turismo pasaría no a destruir las culturas nativas sino, sobre todo y principalmente, a subrayar los valores culturales de las sociedades receptoras. El caso de Malta es concluyente "los turistas han dado a los malteses que han estado en contacto con ellos un sentido objetivo de su propio valor y ha incrementado el orgullo de su parroquia, país y costumbres culturales" (1986:13).

Esta conversión, como creo demuestra el caso del Toro del Sherry analizado desde una reformulación del espacio turístico, subraya tanto el reconocimiento de las imágenes culturales como el reforzamiento de identidades culturales para las cuales la silueta del toro es tan solo algo comercializable amén de símbolo de un colonialismo cultural.

Conclusión

El hecho de que la discusión girase en torno al rol que el toro debía jugar en el paisaje cultural del Estado demuestra hasta qué punto la imagen que otras culturas tienen de España había sido interiorizada por el conjunto de los ciudadanos españoles.

Entiendo, por tanto, que conforme crece la conversión del lugar en escenario turístico, el colectivo imaginario de los turistas – formado por las imágenes turísticas - se convierte en referente potencial para los nativos a la hora de entender su propio mundo.

Podría afirmarse bajo esta perspectiva que el escenario de convierte en trastienda (en lugar) y que ambos quedan encuadrados y son comprendidos y aprehendidos por la mediación del espacio turístico.

Finalmente, entiendo que el análisis antropológico del fenómeno turístico así como el surgimiento de identidades culturales en sociedades influidas por el turismo bien sea por la apropiación de símbolos o la resignificación de los mismos debe tener en cuenta el rol que el espacio turístico juega en la adquisición de estos nuevos significados. Y que dicho proceso de conversión explica el por qué, al mismo tiempo que los sentimientos de identidad emergen, los nativos que se perciben a si mismos en oposición al extranjero, construyen una imagen se si mismos y una identidad que refleja el discurso occidental (Bruner, 1991:247).

En conclusión , el análisis acentúa que el espacio turístico debe ser analizado por los antropólogos no solo como el territorio etnográfico donde ocurren cambios culturales y sociales, sino también como un constructo mental a través del cual se adquiere el significado para las poblaciones receptoras.


Notas

1 El propio Lévi-Strauss comienza su Tristes Tropiques aclarando que odia o los viajeros, y Barley se pregunta en algunos párrafos de El antropólogo inocente, si «hacia turismo o hacia antropología».

2 «La España de charanga y pandereta,/cerrado y sacristía,/devota de Frascuelo y de María…» como cantara el poeta Antonio Machado en su poema El mañana efímero, resume la imagen de la España más tradicional y poco desarrollada.

3 Originariamente, en el lomo de los toros, aparecía el nombre del brandy que anunciaban.

4 La familia Osborne es de origen inglés.

5 El término España Imperial hace referencia al argumento esgrimido por el nacionalismo de corte franquista que legitimaba, y aun legitima, la unidad de la patria en base a la época de mayor esplendor.

6 El giro typical Spanish junto al lema Spain is Different fueron los dos pilares sobre los que se asentó la campaña publicitaria de atracción turística de los años 60 y buena parte de los 70.

7 Ver nota 5


Bibliografía